(del laberinto al treinta)


sábado, 12 de mayo de 2018

Torturas solidarias

Cine de verano en la Ermita de la Aurora

Algunas zonas del casco antiguo de Córdoba, concretamente la calle de la Feria, se están convirtiendo en lugares acústicamente invivibles: tamborradas cofrades un finde sí y otro también, el maratón de sevillanas de la cruz no menos cofrade de san Francisco, las putas campanas de la iglesia mañana y tarde, las despedidas de soltería de las generaciones de jóvenes más cretin@s de la historia de la humanidad, la romería de borrachuz@s de los viernes y sábados a las 3-5 de la mañana que salen del Soho y gritan como posesos, mean y cagan, sin dejar de gritar, bajos los naranjos, el estallido continuo de vidrios reventados del contenedor, los trallazos metálicos de los barriles de cerveza descargados de los camiones que surten a los muchos bares de la calle, el ametrallador tableteo de las ruedecitas de las maletas de los turista por el acerado de cuadradillo, el tráfico y sus continuos conciertos para berrido y claxon, con especial cariño para los conductores descerebrados que bombardean el aire con los chunda chunda de sus potentes bafles acoplados en sus coches, etc. El precio de vivir en el marco incomparable de una de las calles más hermosas al oeste del Pedroches.

A todo ello y desde hace unos años se ha sumado el cine de verano de la ermita de la Aurora durante todo el verano y las cada vez más frecuentes fiestas solidarias sabatinas de las ONGs a las que el Ayuntamiento, propietario del espacio, y la Asociación de Vecinos, gestora del mismo, se lo ceden para que coloquen sus barras, sus potentes equipos de música y sus batucadas diversas. Con lo que recaudan en esas fiestas sufragan parte de sus proyectos solidarios. Muchos y muchas de los que las organizan son conocidos míos, me caen superbién y me rindo ante sus esfuerzos solidarios. Y además reconozco que soy parcial, muy parcial: si se hubiese tratado de fiestas cofrades o folklopolladas hubiera denunciado desde el minuto 0’1, porque los beneficios van para enjoyar ídolatrías y fomentar supersticiones. Pero son de izquierdas y hasta ahora las celebraban cada dos o tres meses, lo que me ha hecho siempre aguantar estoicamente el insoportable pestiñazo de los taladrantes soniquetes a todo volumen propios de esos eventos durante las mejores diez horas de mis sábados, los únicos días en los que puedo disfrutar de un libro, una serie o una siesta vespertina. Habiendo, por demás, cientos de espacios en la ciudad para montarlos. Por sistema de rotación, por ejemplo.

Lo más gracioso es que de alguna manera lo que estoy sufriendo es un castigo de Dios. Sí, del Dios de los católicos, que nunca nos perdonó que le arrebatáramos un bien que no pagaba IBI. Porque ese espacio, lo que fue el solar de la vieja ermita pertenecía supuestamente a la Iglesia cuando llegamos a la calle en el jurásico año de 1982 y servía de almacén de viejas vigas producto de los trapicheos inmobiliarios del cura de una parroquia cercana. Una ruinosa tapia, a través de la que algunos vecinos-basura arrojaban la suya atrayendo a verdaderos ejércitos de ratas, la separaba de la calle. Algunos vecinos iniciamos una campaña de denuncias al ayuntamiento, sí, aquel mítico de izquierdas antes de que lo colonizase el rosismo, que al cabo de dos años y varias inspecciones se habían sustanciado en tal cantidad de multas que el solar pasó, por esa causa, o al menos nos hacía ilusión pensarlo, a manos municipales. Después de una preciosa rehabilitación en la que se rescató la muralla romana, su posible utilidad de uso pasó por varios proyectos, desde la instalación de un parque infantil —necesario, pero amenaza espeluznante para algunos— hasta una ancianoteca habilitando cómodos bancos para los envejecidos vecinos del barrio. Finamente se cerró con una verja para evitar que se convirtiera en un chutódromo de yonquis. Algunos domingos fuimos sorprendidos por pequeños conciertos de música de cámara a cargo de cuartetos de jóvenes procedentes de países de detrás del recién caído Telón de Acero. Otros por efímeras exposiciones. Finalmente dejó de ser usado hasta que se cedió para que algunos anticuarios del barrio expusieran los domingos, para trueques de libros y dos meses de verano como cine.

Y ahora en que, por fin, y por la venganza de Dios Todopoderoso, se ha convertido para nuestro castigo en el verbenódromo solidario de la ciudad. Casi cada sábado. Batucadas, sí batucadas, a las seis de la tarde, horripilantes chundas-chundas, sincopados raps y otras formas refinadas de tortura escatológico-musical durante diez eternísimas horas. Nunca se les ocurre poner algo de Boccherini, verbi gratia. Y es que parece que la solidaridad está reñida con el buen gusto o con la moderación decibélica. Algo que llevo comprobando en mis muchos decenios de rojo irredento.

Lo último que me apetece es convertirme en el clásico viejo gruñón y pejiguera, pero el lunes empezaré a dar por culo. Y espero no tener que llegar al Tribunal de Estrasburgo o al Defensor del Habitante de la Vía Láctea.